jueves, 3 de enero de 2019

Crítica | FITZCARRALDO (Werner Herzog, 1982)


"¡Quiero mover una montaña!"

'Fitzcarraldo' nos cuenta la historia de una obsesión y parecer ser también la obra de un hombre obsesionado. "Soy un tejedor de sueños", dice Herzog. El proyecto era una locura, la misma de la que trataba la película, la locura de un hombre (Klaus Kinski resulta deliciosamente demente de principio a fin) que quiere construir una ópera y llevar la cultura hasta el corazón del Amazonas.

Herzog, que conocía el carácter impredecible y difícil de Kinski, ya había trabajado con él anteriormente en un entorno selvático en 'Aguirre, la cólera de Dios (1972)', había previsto esta clase de problemas, no contó en un principio con él. Sólo se hizo necesario para sustituirlo por Mick Jagger, el vocalista de los Stones era el candidato principal, pero Kinski resultaba el indicado para el papel. 

Nadie tenía su particular carisma, el aura de un visionario solitario y demente. El personaje principal se convierte en una imagen del propio director. La obstinación de Herzog para llevar a cabo su proyecto a toda costa dejó un reguero de penalidades importante, solo comparables a las de Coppola en 'Apocalypse Now (1979)': abandono de personas principales, el estallido de la guerra entre Ecuador y Perú, sequías e inundaciones, mordeduras de serpientes y graves accidentes.

La fuerza visionaria del filme reside en la autenticidad de sus imágenes. El barco fue arrastrado realmente por los indios montaña arriba. Herzog atravesó los rápidos como muestra a través de su cámara, sin duda, la dirección es una de las grandes bazas de la película. Claudia Cardinale caracteriza perfectamente a la dama de provincias muy afín al carácter de la actriz italiana.




























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